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Rosa, una portuguesa navegante y nómade

por Arte&Cultura, em 18.04.15

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Se casó con un primo lejano argentino, a quien conoció en Lisboa cuando tenía 16 años. Después de una larga relación por carta postal, se instalaron en la Argentina. Hoy vive en Villa General Belgrano y es traductora de portugués.

La portuguesa Rosa María Lopez Fernandes (44), llegó a la Argentina seducida por un amor a primera vista, alimentado por un voraz intercambio de cartas. La romántica historia de hace apenas un cuarto de siglo, sería impensada en una actualidad dominada por el contacto virtual del chat, el correo electrónico y otros medios digitales. La inmediatez de un clic sepultó a las cartas de puño y letra, que en este caso, recorrían más de diez mil kilómetros hasta llegar a destino.

“Es Fernandes con ese”, aclara Rosa, antes de comenzar, reforzando una marca registrada en los apellidos de su nacionalidad que los diferencian con los de raíz española, que finalizan con zeta. La mujer y el muchacho que luego sería su esposo, se conocieron en Lisboa cuando ella apenas tenía 16 años y él 23. Eran primos lejanos.

Marcelo llegó de visita a la casa de sus parientes Fernandes, junto a su madre y una tía y allí conoció a Rosa. Ya el destino venía acomodando las fichas para que se gestara la historia. Quien en realidad iba a viajar era su hermana y luego otro hermano, pero como no pudieron, le propusieron a él acompañar a su mamá a Europa.

“Teníamos el mismo bisabuelo, pero distinta bisabuela”, señala la mujer. “Fue un flechazo”, reconoce en su casa de Villa General Belgrano, Calamuchita. No obstante, ese primer encuentro no fue más que eso.

Cada uno siguió con su vida, en cada continente. A los dos años, los padres de Rosa viajaron a Argentina y se encontraron con la familia del joven, quien sorprendió a todos cuando sacó de su billetera una foto de Rosa y una receta de un flan que ella le había escrito. Cuando relataron la escena, la chica advirtió que ella también conservaba en su habitación la fotografía de su “primo” argentino.

Y el amor empezó a crecer, a través de la correspondencia. “Yo no sabía qué hacer, había pasado tanto tiempo”, recuerda con una sonrisa. Carta va, carta viene, y con algún esporádico llamado telefónico, empezaron a construir una relación a la distancia. Al tiempo, Rosa viajó a Argentina con su madre. “Estuve un mes, conocí la familia y concretamos el noviazgo”. El caso era toda una novedad para ese momento.

Rosa regresó a Portugal, y el intercambio de cartas se hizo lo más frecuente que se podía. “Las cartas demoraban mucho, sobre todo las que yo mandaba a Victoria, así que descubrimos que si las enviaba a Boulogne, donde vivía la novia del hermano, llegaban más rápido y empecé a mandarlas ahí”. Pese al paso del tiempo, que modificó muchas cosas, aun evoca la emoción que le provocaba abrir cada sobre que traería noticias de su amor.

La “portuguesa”, como la conocían en Córdoba, asegura que materializó una experiencia que su madre estuvo a punto de realizar, pero que quedó frustrada. Cuando su mamá era pequeña, junto a su familia, estuvieron a punto de emigrar a Argentina. Transcurría la Segunda Guerra Mundial, y si bien Portugal se mantuvo neutral, también en ese país se sintió la ola expansiva de las carencias y el hambre que provocaba la contienda bélica. Cuando estaban a punto de viajar, las fronteras para emigrar se cerraron y debieron quedarse en Portugal.

Casarse o separarse

Rosa viajó nuevamente en marzo y en Navidad y Año Nuevo. “Era difícil seguir a la distancia, o nos separábamos o nos casábamos”, apuntó. Se casaron el 20 de octubre de 1990 en Lisboa, cuando Rosa tenía 19 años, y se radicaron en Victoria, la ciudad natal del muchacho. Tuvieron dos hijos Julián (20) y Matías (16). Todas las cartas, las tiene guardadas. Un día, sorprendió a su hijo mayor leyéndolas emocionado.  

“Al principio no entendía el idioma, más si me hablaban rápido y no conocía los lugares, no podía manejarme sola”. Luego, se fue adaptando.

Vivieron dos años en Victoria, provincia de Buenos Aires, ocho en Cura Brochero y 10, en Mina Clavero. Luego, la pareja se separó y Rosa se mudó a Villa General Belgrano, adonde reside actualmente.

Casarse o separarse

Rosa viajó nuevamente en marzo y en Navidad y Año Nuevo. “Era difícil seguir a la distancia, o nos separábamos o nos casábamos”, apuntó. Se casaron el 20 de octubre de 1990 en Lisboa, cuando Rosa tenía 19 años, y se radicaron en Victoria, la ciudad natal del muchacho. Tuvieron dos hijos Julián (20) y Matías (16). Todas las cartas, las tiene guardadas. Un día, sorprendió a su hijo mayor leyéndolas emocionado.  

“Al principio no entendía el idioma, más si me hablaban rápido y no conocía los lugares, no podía manejarme sola”. Luego, se fue adaptando.

Vivieron dos años en Victoria, provincia de Buenos Aires, ocho en Cura Brochero y 10, en Mina Clavero. Luego, la pareja se separó y Rosa se mudó a Villa General Belgrano, adonde reside actualmente.

Corazón partido

En 2003, con una coyuntura económica y social complicada en la Argentina, se mudaron a Portugal, a buscar alternativas, pero apenas soportaron tres meses. Extrañaban, sobre todo “la calidez de los argentinos”.

Ya Rosa se había acostumbrado a su país de adopción. “Mamá, ¿porque no viene nadie a lo de la abuela?­”, le decía su hijo Julián, de 8 años en ese momento. Ya no regresó más a Portugal, aunque sigue estando en su corazón. Dice que de su país extraña la seguridad, la prolijidad y el orden, las comidas, como los mariscos y pescados, y el mar. “Estoy lejos del mar y es algo que me encanta”.

Cuenta como Portugal se destaca por su valioso patrimonio histórico y se ocupa de mantener los sitios cuidados y las fachadas como siglos atrás. “Es un pueblo muy religioso, en algunos pueblos, las viudas usan la vestimenta del luto negra, por toda la vida, salvo que vuelvan a casarse”, explica.

También añora a su familia, su hermano, papás y sobrinas. “Mi mamá es bastante cibernética, está mucho en Skype, eso acorta distancias”, asegura. En abril sus papás José (76) y Celeste (73) cumplieron 50 años de casados y pudo estar, aunque sea a través de una cámara.

La lusitana nómade

“Soy medio navegante y bastante nómade”, se define. De hecho, la jovencita que dejó su casa natal, para radicarse en un país desconocido, siguió con otras mudanzas.

De Traslasierra, migró al Valle de Calamuchita, al separarse. Sin conocer a nadie, buscó apoyo en un descendiente portugués, dueño de una posada, que contactó por Internet. Fue así que dejó Mina Clavero “un pueblo grande” y se radicó en Villa General Belgrano, “una ciudad pequeña”, definió. “Y si me va mal, agarro mi valija y me voy y busco otro lugar”, sentencia. Trabajó dando clases de portugués, como traductora, informante turística, moza y recepcionista y preceptora en un colegio.

“Llevo las sangres de los navegantes, porque me fui y no paro”, señala. En su casa, hay varias banderas con los colores de su patria.

“Cristiano Ronaldo, es un agrandado”, bromea, “me gusta más Messi”, responde sobre los emblemas futbolísticos de ambos países.

Portugal querido

Bajo el título “Con el mismo bisabuelo”, Rosa relató su historia en el libro Portugal Querido, que reúne decenas de testimonios de inmigrantes portugueses recopilados por Mario dos Santos Lopes. Durante cinco años, el autor reunió diversas historias, para darle forma a lo que consideró un libro-homenaje, mientras prepara una segunda edición.

 “Vivíamos cerca de Lisboa; yo nací en casa con partera, sin médico en casa”, contó Rosa en su historia. Entre otros datos, admite que descubrió el fado, una expresión musical de tradición portuguesa, en Argentina. “Nunca me gustó cuando vivía en Portugal… Hoy, y pasados tantos años, me pone la piel de gallina y no puedo evitar las lágrimas cuando lo escucho”, reconoció.

*Por Carina Mongi (Corresponsalía)

http://www.lavoz.com.ar/blogs/voces/rosa-una-portuguesa-navegante-y-nomade

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publicado às 21:43



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